La incertidumbre

Todos nos vemos enfrentados en un momento u otro a situaciones de incertidumbre: inestabilidad afectiva, familiar, laboral, geográfica, personal… Transitamos por épocas en las que la falta de certeza parece ser la ley: no sabemos qué vamos a hacer, por dónde proseguir nuestro camino, cómo lograremos salir adelante, de qué modo conseguiremos ganarnos el pan, en qué lugar viviremos o con quién lo haremos. Ahí, la incertidumbre no ocupa un área cercada de nuestras vidas, sino que parece generalizarse e invadirlas todas. Es una incertidumbre casi existencial la que experimentamos. Cuando nos preguntan, respondemos con un enorme: “No sé, ni idea”. Nos sentimos perdidos.

Esto resulta particularmente incómodo en una sociedad en la que tanto se valoran la estabilidad y la seguridad. Tomando este criterio social, uno tiende a juzgarse por la falta de claridad de que hace prueba. ¿Cómo lidiar con esta incertidumbre? ¿Cómo relacionarnos con ella de forma pacífica y sin que nos suponga conflicto?

Lo primero que solemos tratar de hacer es encontrar una forma de escapar a dicha situación de incertidumbre cuanto antes, lo mas rápido posible. La mente se pone a cavilar, algo desorientada y agitada, en varias direcciones: “Podría hacer tal cosa y tal otra; pero aquello, que supondría un cambio de rumbo total, también es factible, aunque tiene tal inconveniente…” Llegados a un punto nos damos cuenta de que no podemos salir de la inestabilidad presente con tanta premura: hoy día se nos impone. No parece que sea factible, aquí y ahora, eludirla. Nos es obligado convivir con ella.

Y entonces, como siempre, tenemos dos opciones: o bien luchamos contra la incertidumbre y nos resistimos a aceptarla, o bien nos aliamos con ella. Esto último, además de brindarnos un aprendizaje puede suponer, paradójicamente, el primer paso para la solución.

Aceptar verse perdido, permitirse no saber qué hacer e ignorar qué va a ocurrir a continuación; descansar en la confusión acerca del proyecto –vital, profesional, personal…– en el que quiere uno embarcarse. Dejar de juzgar la incertidumbre como mala o negativa y empezar a contemplarla como algo más neutro, como el reto al que la vida me enfrenta ahora y del cual puedo desprender algo positivo.

Para ello es importante soltar: el afán de seguridad, de saber ya, de definición, de control. Y abandonarse a algo que de algún modo a uno le supera. La incomodidad asociada a la incertidumbre no la provoca la mera incertidumbre, sino el anhelo de certeza. Deja caer este último y aquella dejará de ser problemática. Puede incluso volverse grata aventura, alegre oportunidad.

Esto solo es posible, eso sí, con cierta confianza. Hay un aspecto de la confianza que juega con el tiempo lineal, se opone al temor y lo apacigua. Si el temor es la emoción que se experimenta cuando uno proyecta hacia el futuro una imagen de amenaza, la confianza es la disposición contraria. Y su fundamento no es mi propia fuerza desgajada de la vida, sino la misma vida –que me sustenta y de la cual soy una manifestación particular–, cuya inteligencia nos va ofreciendo los recursos que necesitamos a medida que los retos se nos van apareciendo. Confiar en este sentido es tener fe en que, aunque ahora esté perdida, aunque me encuentre frente a una situación que me abruma, que no entiendo, con la que me cuesta lidiar y que no sé como manejar, si sé esperar me ubicaré, me serenaré, comprenderé y lograré solucionar.

Esto implica confiar en el curso inteligente de la vida, en que lo que va sucediendo tiene un sentido, que sabremos ir descubriendo. Implica también confiar en que, si se nos pone delante cierta dificultad, es porque estamos preparados para hacerle frente y lograremos responder a ella; en que somos capaces de aprender de las situaciones en las que nos vemos inmersos; en que, como dicen los estoicos, un (supuesto) mal –una época difícil, una muerte, un despido, una separación…– podemos siempre transformarlo en un bien –un aprendizaje, un fortalecimiento, una oportunidad para el auto-conocimiento…–.

Ni que decir tiene que esta confianza nos regala una tranquilidad que nos permite sortear los vaivenes de nuestra vida con ecuanimidad, atención y eficacia. Nos posibilita rescatar lo mejor de nosotros mismos, y nos ofrece una alegría que hace más significativo y hermoso el camino.

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