La mujer complaciente

Si hay algo que sabemos hacer la mayoría de las mujeres educadas en el patriarcado es complacer: no en vano se nos ha forjado para ello. Y si hay un motivo por el que lo seguimos haciendo una vez adultas, unido al desconocimiento de otros modos más sabios de lograr nuestro objetivo, a la fuerza de la inercia y a la falta de conciencia, es el de sentirnos aceptadas y queridas. La voluntad de aceptación y cariño en nada es problemática. El problema es el modo en que se nos ha enseñado a suplirla: a través de la complacencia sistemática y no selectiva, generalmente automatizada y por tanto no consciente ni elegida

He aquí lo que, a mi juicio, representa nuestro mayor reto como mujeres en la sociedad actual: liberarnos del patrón de la complacencia. Su precio no es nimio: nada menos que la traición a nosotras mismas.

Complacer por doquier a los demás -nuestra misión inculcada de complacer va siempre dirigida al otro-, es dejar de escucharnos a nosotras mismas. Este es el coste de que nos quieran: dejar de querernos a nosotras mismas, desconectarnos de nuestros anhelos y necesidades; el coste de que nos aprueben: ignorar el fenómeno y la prioridad de la auto-aprobación.

Se nos enseña a decir “sí” casi por defecto, a adaptarnos a los demás en exceso, a no plantearnos lo que nos apetece en favor de lo que quieren los demás, a desvincularnos de nuestra propia voz, a desear agradar siempre al resto antes que a nosotras mismas. Al final nos encontramos con que necesitamos hacer un esfuerzo particularmente detenido para reconocer qué es lo que queremos cuando hay otras personas involucradas.

Se nos cargan sobre las espaldas las expectativas de los demás. Nos sentimos sin darnos cuenta obligadas a complacer, como si fuera un deber legítimo y necesario. Todo esto opera a niveles muy sutiles. Por eso quizá algunas mujeres lo pasen por alto y muchos hombres ni se plantean que esto sucede. Sin embargo, observando a varones y mujeres reparamos en que éstas a menudo se sienten responsables de los demás adultos, y a aquellos rara vez les ocurre.

Se nos ha domesticado para poner la sonrisa dulce, contentar, acoger, apaciguar. Aunque no tengamos ganas o en un momento dado ello pase por obviarnos a nosotras mismas. Una mujer educada es una mujer complaciente. Lo demás son histéricas, problemáticas, malhumoradas o caprichosas: ‘feminazis’. Esto no se aplica a los hombres, a quienes se permite expresarse en libertad y dejar caer el puño sobre la mesa.

Tod@s conocemos la figura de la mujer sacrificada por los suyos y víctima de su situación, en lugar de ser activa y protagonista, hacedora y creadora. ¿A cuántos varones conocemos con este perfil? ¿Por qué esta tremenda diferencia? Parece que las mujeres hemos de ganarnos el cielo a base de negar nuestros anhelos. ¿Realmente queremos esto? ¿Una vida rezagada, sumisa y pasiva? ¿No llama la vida a lo contrario: al empoderamiento, el crecimiento, la vitalidad, el movimiento y la autoexpresión?

No defiendo que todo esto sea un complot consciente por parte de los hombres para mantenernos a las mujeres rezagadas. Hay de todo: varones y mujeres con esta intención, también sin ella, pero inconscientes. Hacernos conscientes de la operatividad de este patrón es fundamental para ambos géneros. Lo contrario es disfuncional e insano para tod@s.

La mujer complaciente vive sumergida en la agitación, cual veleta que se mueve en función de las aspiraciones de los demás, y en la inseguridad, porque no anclada en sí misma. Asume, quizá sin saberlo, que ha de ganar su dignidad personal contentando a los demás. Está tan pendiente del resto que se olvida de estarlo de sí misma y los satisface en lo que desean sin pensarlo. Se siente pobre, porque no se ocupa de sí misma; perdida, porque ignora su centro. Tiene una sensación de rotura consigo, de deslealtad, falta de unidad y coherencia internas.

Se paga muy alto el precio de la complacencia. La mujer complaciente se auto-sabotea. Esta situación no se sostiene. Ahora bien, no se trata de desterrarla con odio. El odio también es castrante y nada constructivo. La indignación es legítima y a menudo necesaria. Pero vayamos más allá. Actuemos. Deconstruyamos, desaprendamos, superemos. Esto hemos de hacerlo cada una: no yendo en contra de los demás, sino a favor de una misma. En última instancia, el bien de una y de los otros coincide.

El polo contrario de la mujer complaciente es la mujer agresiva. Como en toda oposición, hay un puente que une ambos extremos. Cuando una persona se calla continuamente para que no haya lío, se pliega a los demás con la intención de mantener la concordia, agrada continuamente al otro para que éste se vea satisfecho, etc. puede llegar un punto en que se harte y no aguante más, y su actitud elusiva pase entonces a ser agresiva, por puro desacuerdo contenido, por afirmación castrada, por auto-negación. Ello se debe a que no ha sido capaz de mantener una disposición asertiva. Así pues, encontramos que el patrón complaciente no se cura con agresividad, sino con asertividad, no negando al otro, sino permitiendo la auto-expresión en que consiste la vida.

La tarea de superar este paradigma empieza por nosotras: por dejar de ceder a esas expectativas, por decir “no”, por atendernos en primera instancia, por estar dispuestas a no ser aceptadas y queridas por los demás. Si esperamos a que el cambio venga de fuera podemos esperar sentadas. Y nos estaremos haciendo pasivas.

¿Cómo enfrentarnos a esta situación? ¿Cómo trascender este paradigma y sobrepasar los esquemas inculcados? En primer lugar, observando cómo nos comportamos, cómo sentimos, pensamos y nos expresamos. Tomando conciencia para averiguar si este patrón está activo en cada una de nosotras. El paso inicial es simplemente prestar atención, de forma sostenida y comprometida.

Repararemos en si nos atrevemos no a dar nuestras opiniones con soltura y calma, a pesar de que ello pueda contrariar al de enfrente, en si acostumbramos a decir “sí” aunque no tengamos ganas de aceptar una propuesta, en si la asertividad es parte de nuestro lenguaje o lo es en mayor grado la elusión, en si hacemos frente al conflicto ineludible o lo evitamos a costa de negarnos, en si hacemos lo que de verdad queremos o lo que esperan los demás de nosotras, en si atendemos nuestros anhelos y los suplimos o bien los ignoramos en favor de los deseos ajenos, etc.

Una vez hecho esto, avistados nuestros límites, nos habremos ya situado más allá de ellos: la libertad de asentir o no a ellos se hará presente. Dejamos de ser marionetas ciegas cuando nos damos cuenta de que lo estamos siendo. Ahí, habremos de decidir si queremos o no queremos seguir jugando ese rol inculcado de mujeres complacientes.

Hagámonos la pregunta con honestidad: ¿qué quiero? ¿cómo quiero vivir? ¿me compensa seguir asumiendo este rol o prefiero dejarlo caer? Sopesemos con calma. Hagámonos partícipes de lo que queremos. ¿Quiero ser una mujer libre o adaptada a los cánones de la sociedad? Decidamos lo que decidamos, hagámoslo con conciencia de causa y aceptemos las consecuencias de nuestra elección.

Si escogemos abandonar el papel que se nos ha inculcado y se espera de nosotras, entonces necesitaremos tener coraje para cambiar nuestros hábitos y enfrentar nuestro miedo al rechazo, a la soledad y a la incomprensión de los demás, movidas por el afán de lealtad hacia nosotras mismas. Posiblemente necesitaremos apoyarnos en personas que hayan transitado por el este camino y puedan echarnos una mano.

El patrón de la mujer complaciente se manifiesta en muchos actos y disposiciones concretos: ceder en exceso, dejar de decir lo que pensamos o callar demasiado a menudo, no hacer lo que queremos cuando podríamos hacerlo sin perjudicar a nadie, conceder mayor peso al criterio de los otros que al propio, etc . Se trata de ir sustituyendo dichas acciones y actitudes por otras que nos resulten más sanas, afines y coherentes. Por ejemplo: cuando nos pidan un favor o sugieran hacer algo, antes de dar el “sí” instantáneo que busca agradar, podemos tomarnos el tiempo para pensar si queremos o no hacerlo, y sólo después, responder, sabiendo ya que nuestra respuesta es veraz, lo cual nos dejará una sensación de integridad y contento.

La mujer complaciente no acostumbra a poner límites, o bien los pone con dificultad y retraso, posiblemente una vez que ha sufrido el no ponerlos, tras haber intentado a toda costa evitarlo. Ahora bien, todo ser humano necesita límites, porque las percepciones que tiene de las cosas son parciales, relativas y falibles: hay cosas que no entendemos hasta que nos las explican, nuestras opiniones son subjetivas, nuestras interpretaciones están marcadas por nuestras propias vivencias, que son limitadas y diferentes a las de los demás, a menudo no tenemos en cuenta ciertos factores o se nos escapa información, tenemos deseos egoístas que pueden ser dañinos para los demás, etc.

Una forma de poner límites es manifestar a los demás lo que nos incomoda en sus actitudes, comportamientos o palabras. Expresar lo que nos molesta es perfectamente legítimo, no hay por qué callarse. Y tampoco hace falta arremeter contra el otro con actitud violenta o juzgándolo, basta con decir: “esto me sienta mal”, “no me encuentro cómoda con tal cosa”. Necesitamos expresarnos y los demás también necesitan que lo hagamos, aunque eso pueda romper un ideal imaginario de buen rollo y supuesta armonía. La armonía real pasa por ser una misma y revelarse como tal, aunque ello suponga en un momento dado un desacuerdo o un encontronazo. El resto es armonía ilusoria. No hay armonía real entre las personas si alguna de las partes implicadas es negada en la relación.

Las personas suelen pedir hasta que se les para. Si no manifestamos que no podemos o no queremos dar algo, no estamos poniendo freno y nos encontramos con que ofrecemos la mano y terminan por agarrar el brazo entero. Nos sentiremos abusadas, como es natural. Y seremos co-responsables, porque no habremos puesto límites, y esto es algo que nadie puede hacer por nosotras. Tod@s necesitamos límites: no somos omniscientes. Por tanto, tan importante es saber aceptar los límites que nos ponen los demás como que sepamos ponérselos a ellos.

La complacencia sistemática es la incapacidad de reconocer y alzar dichos límites. En la mentalidad patriarcal, la tarea de poner límites se ha otorgado más al hombre que a la mujer. Sin embargo, es evidente que ésta no debería ser una cuestión de género.

Superar el patrón de la complacencia es darse permiso para hacer lo que una quiere hacer, incluso, cuando se pueda, hacer sencillamente lo que a una le brote. Esto sin dejar de cumplir los compromisos que hemos adoptado, siempre que sigamos aceptándolos por voluntad propia y consciente. Y si no, a otra cosa. Muchas veces las personas que nos rodean no lo aceptarán. Tendremos que hacer con eso. Ser íntegra tiene un coste en una sociedad como la nuestra, donde el espíritu crítico y la autenticidad son percibidos como una amenaza.

No hay ningún argumento lo suficientemente sólido como para avalar la teoría de que una no debe ser una misma, vivir y expresarse como tal. Con el fin de lograr una coherencia para consigo, es importante adoptar un principio básico: primero, una misma, y después el resto. Esto no implica una falta de generosidad, significa que la generosidad será genuina y no hipócrita u obligada.

Velar en primer lugar por una misma no equivale a ser egoísta. Esta es, a mi modo de ver, la creencia que se nos ha transmitido y que provoca tanto sufrimiento. Es importante deshacer este mito y discernir. Atender antes de todo las propias necesidades no implica abandonar las de los demás: se consideran una vez se han atendido las propias, de forma que se satisface a los demás al estar una ya satisfecha. O al menos, a la vez. Ahí se está al servicio de los demás con gusto, veracidad y honestidad, no porque haya que hacerlo sino porque realmente se quiere, de forma entera. Así todo se vuelve más sano: no hay reproches ni tejemanejes, no hay “yo hice por ti, me debes”, sino “yo hice porque así lo decidí y lo quise”.

Es el orden natural de la vida: cada cual está a cargo de su propia vida, nadie puede asumir este papel más que una misma, nadie puede conocer los propios anhelos y necesidades como una y nadie sino una puede darse los medios para suplirlos. Una vez hecho esto, ya estamos en condiciones de volcarnos hacia los demás. El orden inverso no tiene sentido, nos vuelve insatisfechas y lo que hacemos por otros se mancha de esta misma insatisfacción. Primero se ayuda a lo que más cerca se tiene para después ocuparse del resto.

Nos han enseñado lo contrario a las mujeres -que no a los hombres-: ese altruismo que coloca antes a los demás que a una misma; ese altruismo que nos sacrifica. Me resulta desvirtuado, erróneo y disfuncional, además de injusto. Es una forma de relegarnos. Y es que cuanta más vida tengamos, mayor la energía para ocuparnos de los demás. Tenemos más poder cuando nos habitamos y cuidamos esta vida nuestra. Siguiendo la metáfora budista: no puedo sacar a alguien del barro si yo misma estoy sumergida en él: sólo podré desenterrarlo una vez haya salido yo de él. Si tengo una necesidad no suplida: ¿cómo voy a ponerme a suplir la de otro? Si soy infeliz, ¿cómo voy a tratar de hacer feliz a otro?

En este punto sigo la vía media propuesta por budismo: ni egoísmo ni altruismo. No es cuestión de pensar exclusivamente en una misma e ignorar a los demás. Se trata de pensar en una y también en los demás, no de abandonarse para atender al otro.

Nada debe pasar por encima de una misma. Ello, insisto, no implica que debamos hacer daño a los demás para estar bien nosotras. Si velamos por nuestro bien real y no por un supuesto bien egótico, entonces no haremos daño al otro cuando nos estemos dedicando a nosotras. Entiendo que es difícil discernir. Los otros nos dirán quizá que les causamos perjuicio al atendernos. Sin embargo, obviamente pueden estar equivocados. Necesitamos mantenernos atentas y fiarnos de nuestro criterio más sereno.

Acude en este punto a mi mente la noción budista del amor, que puede ayudar a avanzar un paso más en esta reflexión. Decía unas líneas más arriba: nada debe pasar por encima de una misma. Esta afirmación es una aplicación al caso de la mujer complaciente del principio más general tan de sentido común como agudamente desarrollado por el budismo: nadie debe pasar por encima de nadie. De acuerdo a esta mentalidad, igual de falaces son el egoísmo y el altruismo. La mujer complaciente, tal y como aquí se ha definido, responde al altruismo. En su opuesto, se sitúa la persona egoísta. Pues bien, el budismo traza una vía media.

Nos enseña que el amor por uno y por los demás está depurado cuando no hace distinción entre ambos, de tal forma que si enfrentado a elegir entre conservar la propia vida o la de otra persona, ya sea conocida o no, amiga o enemiga, se ve incapaz de escoger. Entiendo la dificultad de llegar a tal punto. Por eso invito a que nos quedemos con la base de esta perspectiva: el amor genuino está igualmente repartido entre uno y los demás. No sitúa a ninguno por encima. Esto significa que es tan desechable la actitud de la mujer complaciente como de la egoísta. Ello unido a una idea ya expuesta: yo soy la más cercana a mí misma, y sólo yo puedo estar en contacto con mis necesidades y hacerlas saber a los demás.

 

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Me he referido aquí fundamentalmente al perfil complaciente. Ahora bien, siempre hay tendencias independientes a las generales. Por supuesto, existen mujeres que no son complacientes y hombres que sí lo son. Si al leer estas líneas, tomando una actitud humilde y sincera, no te sientes identificada con el patrón de mujer complaciente, entonces no te apliques el cuento. Quizá pertenezcas más al grupo de personas que necesitan que les pongan límites y conoces bien el arte de ponerlos. En tal caso, puedes tratar de empalizar con las personas de patrón complaciente y empezar a ponerte límites a ti misma cuando te relaciones con ellas.

 

 

 

 

 

 

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