La confianza como actitud vital II: Confiar en uno mismo no es confiar en uno solo

¿En qué instancia de sí cabe confiar? Todos sabemos, por propia experiencia, que la identidad es cuestión compleja: a veces nuestro interior parece una fiesta de múltiples caracteres que se alternan y en ocasiones altercan entre sí. Escuchamos en nosotros voces entrecruzadas, tendencias contradictorias, deseos opuestos, comportamientos incoherentes, trazos de carácter dispares en función del contexto en que nos encontremos. Parecemos ser muchos, no uno. Y en cierto nivel de nosotros, así es. Por otra parte, hay ciertas voces en nosotros que no parecen muy fiables: son egocéntricas y egoístas, carecen de serenidad y ecuanimidad, olvidan el amor, interpretan las cosas de forma gris y no nos hacen bien.

Confiar en uno mismo es tener la fe de que uno posee los recursos necesarios para llevar una buena vida, que uno es una semilla plena de un potencial que demanda ser desplegado; y mantener la actitud consecuente haciendo lo necesario para que se desarrolle, empezando por permitir que así haga.

Esa confianza en uno conduce a la confianza en la vida (en Dios, en el Tao, en la inteligencia o curso de lo real, el Todo… en fin, como prefiera nombrarse), porque esa semilla que uno es no se la otorga a sí mismo, tampoco la consigue uno solo, sino que nos viene dada. Esa identidad profunda, al contrario de lo que en ocasiones asumimos, no se construye, se es.

Y ahí se siente uno aliviado: lo que profundamente somos no podemos dejar de serlo, es bueno, es inteligente, es amable, es virtuoso… No porque yo sea así y tú no, sino porque todo lo vivo lo es. No necesito conseguir nada ni de devenir nada en particular para tener valía intrínseca y dignidad: eso es lo que soy. Ello hace que no dependa de mis esfuerzos personales otorgarme una dignidad y, por tanto, eso vuelve imposible no tenerla. Mi adecuación y mi valor no dependen de mí, ya y siempre están ahí. Depende de mí reconocerlo y permitirme ser desde ese centro virtuoso. No me edifico, no soy algo que se construya, soy algo que crece, que evoluciona a partir de un nudo vital que es un diamante en bruto.

Mi dignidad viene dada por algo muy superior a mí, en lo que sin duda puedo descansar. Y confiar en mí es confiar en aquello superior. Confiar en mí es el modo en que cada día puedo estar reposando en esa instancia que me trasciende y a la vez me es inherente. No son mis cortas fuerzas individuales lo que me hacen fiable, es el universo entero, del que formo parte, la vida toda, de la que participo como forma viva. No soy yo quien me da la respiración, pese a ser yo quien respiro. Es este centro de gravedad en el que puedo reposar y en el que, si me mantengo anclada y a la escucha del cual, estoy a salvo. Este es mi hogar, mi refugio, mi guía, que es el de todos y el de todo.

No es posible por tanto confiar en uno mismo sin confiar en la Vida. Van a la par, son lo mismo. Como lo son una gota de agua y el océano completo. Porque lo que me hace confiable a mí es que soy Vida, y que la inteligencia y el sentido de la vida lo tengo yo también, o lo soy, porque estoy viva, porque soy vida. Y estoy viva no porque yo me haya dado la vida. Mi fiabilidad no me la otorgo yo. Y por tanto tampoco puedo arrebatármela, a no ser que lo haga ficticiamente. Y esa ficción se encarga la vida de evidenciármela a través de la experiencia de sufrimiento, que me avisa de que no estoy siendo lo que soy, de que me traiciono.

Y como confiar en uno y en la Vida van a la par, entonces la confianza en uno no es exclusiva ni excluyente. Porque el fundamento de mi confianza es universal, al confiar en mí confío en los demás y en todo lo existente. Y me uno a ellos en ese anclaje. Como consecuencia, no es una confianza separada, desgajada. No tiene nada que ver con esa seguridad que le pone a uno por encima de los demás. Bien al contrario, es base de profunda comunión y humildad.

En el encuentro con ese Ser, con esa identidad profunda totalmente digna de confianza hay un soltar, un desapego: de alguna forma, yo no soy mía, no me pertenezco, mi Ser me es dado. Necesito desposeerme, saberme no mía, cesar en el intento de pertenecerme y controlarme para reunirme conmigo. Hay un soltar esa otra identidad parcial o instancia de mí que quiere sujetarse y sustentarse sola, que busca seguridad a través del control, que se resiste a la incertidumbre y a la deriva del río porque no lo controla. En ese acto de desapego, uno se dispone a confiar en el curso del río y a dejarse llevar por él. Ese acto de desapego es esa confianza: lanzarse al vacío de vivir.

Cuando uno toma esta actitud de confianza emerge una sensación de coherencia y unidad: la disparidad interna continua (las diferentes tendencias, los pensamientos, etc.), pero como en la superficie, pues en el fondo uno distingue una voz silente y tranquila, que se reconoce porque el dejarse guiar por ella se manifiesta en experiencia de integridad y lealtad hacia sí mismo. Esto último, a su vez, ofrece un sabor de serenidad.

Esa voz silente no es un pensamiento, sino un sentir: el ser natural se expresa a través de un sentir que nos informa de por dónde seguir y por dónde no, que nos avisa de qué nos hace bien y qué no. No se trata de cualquier sentir: no viene provocado por lo que uno juzga o interpreta, sino que emerge de otro lugar. Se escucha al tomar una actitud receptiva, no ya queriendo uno aportarse un dato (interpretando, pensando, clasificando, analizando y queriendo llegar a conclusiones), sino abriéndose a recibir ese dato: esperando a que llegue.

Al igual que nuestra propia vida, ese sentir-guía que mantiene nuestra vida a salvo –en todos sus aspectos, desde el físico hasta el espiritual, pasando por el mental y emocional– no nos lo aportamos nosotros, sino que nos es dado. Para poder mantenerse a la escucha de dicha voz, es entonces importante ver pasar los pensamientos que nuestra mente fabrica sin darles demasiado crédito. Uno accede así un criterio certero y unitario que vela por sí mismo –y por todo–, y aporta claridad.

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