Aceptar no es resignarse

La aceptación es un concepto cuya definición acostumbrada crea confusión y, en la práctica, resulta contraproducente. Solemos hacernos una idea bastante negativa de ella al equipararla con la resignación: “Aceptar -consideramos- es dejar las cosas como están, no movilizarse para cambiarlas, asumir que son y serán siempre así. Aceptar es tirar la toalla”. De esta forma juzgamos, no sin orgullo, que hay cosas inaceptables, que, incluso por cuestión moral, no han de ser jamás aceptadas.

Tomemos una actitud filosófica y adentrémonos en un nivel de mayor sutilidad: ¿es posible cambiar algo sin tomar conciencia de ello y sin tenerlo presente, sin mostrarse capaz de atender a ello con el fin de conocerlo y ponerle remedio? Aceptar es previo a toda acción o inacción: es, sencillamente, tener la disposición de mirar y ver lo que pasa, de abrir la conciencia a lo que efectivamente está teniendo lugar; es no negar lo que existe, reconocer que lo que es, es.

Pero sucede que el humano no siempre gusta de ver lo que hay; a veces dolorosísimo, nos cerramos por ello a verlo: “No, me niego, esto es demasiado doloroso, no puede ser; esto no debería estar ocurriendo, es inaceptable”. Sí, doloroso, pero ello no exime del hecho de que es. Por lo que, cuanto más de cerca lo miremos, en mejor disposición nos hallaremos de poder modificarlo. Pues, ¿cómo poner remedio a algo si cuando lo consideramos entramos en una indignación cegadora? Tal reacción de lucha contra algo que está siendo ya -de lucha en el aire, pues lo que es ya no puede volver atrás-, no evita el dolor, lo agrava; y no permite el remedio, lo obstaculiza.

Por tanto, aceptar no equivale a resignarse. Todo lo contrario: no hay cambio posible sin aceptación.  Y es que aceptar es reconocer que algo es, aquí y ahora, lo cual es compatible con admitir que a uno no le agrada o parece mal y buscar los medios para ponerle fin. Resignarse es, sin embargo, un aceptar el presente sin la pretensión de movilizarse para producir un cambio, es decir, implica también la proyección y asunción del mismo hecho en el futuro: quietismo.

Esta confusión entre aceptar y resignarse tiene terribles consecuencias en nuestras vidas. El hecho de no aceptar lo que me ocurre me impide avanzar y me bloquea completamente: porque el resistirse a aceptar, esto es, a reconocer el estado de cosas actual, es un huir de las mismas. Es no querer mirarlas a la cara, no atreverse a situarse frente a ellas pues no resultan del agrado de uno; lo cual equivale a centrarse en el « no me gusta » y anteponerlo al « es ». Aceptar no implica gustar, pero sí constatar: la aceptación ontológica -del estado de cosas actual, de lo que ocurre o experimento aquí y ahora- no significa ni conlleva aprobación subjetiva o aceptación moral.

El confundir estas dos dimensiones provoca que terminemos en nuestras vidas resistiéndonos a los hechos, luchando para que las cosas que ya son, no hubieran sido. Mas tal cosa no está en nuestro poder: es nuestra potencia ver y contar con lo que hay, y, sólo después, actuar según consideración. El bien y el mal, el placer y el dolor, lo que me gusta y lo que no pertenecen a un nivel bien posterior al ontológico -al plano del ser-, base que nos viene dada y de la que hemos de partir. Tales consideraciones subjetivas, si bien es legítimo poseerlas, no es saludable ni cabal que sean antepuestas al reconocimiento de lo que es.

Si me niego a reconocer la existencia de algo, sobre la flaca base de que no me gusta, me estoy cerrando el camino a encontrarle una solución. Y es que la aceptación es el camino de salida a todo problema: en el momento de detenerse a mirar lo que pasa, lo cual equivale a aceptarlo, se encuentra la clave de toda transformación. Esto quiere decir que, si frente a una situación dolorosa me dejo vivirla, ello me dará los instrumentos necesarios para salir de ella.

Pero, y con nueva paradoja, si busco la aceptación por el cambio, ni busco realmente la aceptación ni encuentro el cambio. Esto es: no solo el cambio necesita de la aceptación, además ésta requiere, para ser verdaderamente tal, cesar la pretensión del cambio, es decir, dirigirse a lo real por lo real. Lo primero que hay que hacer es dejar de querer cambiar las cosas a toda costa y detenerse ante ellas, ponerse de parte de lo real, de lo que es aquí y ahora.

Así pues, la verdadera aceptación es aquella que se busca por sí misma, aunque, y precisamente por esta actitud desinteresada, traiga grandes frutos consigo. El movimiento profundo propuesto por la aceptación es, parafraseando a la filósofa Mercedes García Márquez, rendirse a lo real y, después, dejarse guiar por lo real.

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Un comentario en “Aceptar no es resignarse

  1. Enhorabuena (y gracias) por tu blog, lo encontré por casualidad y estoy fascinada con el contenido. Espero que sigas escribiendo y compartiendo todo tu conocimiento.

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