Aferrar y soltar

El ser humano muestra una tendencia innata a aferrarse, a buscar seguridad allá donde va, movido por el afán de estabilidad. En nuestras vidas, acostumbramos a agarrarnos a un clavo ardiendo: cierto lugar, una pareja, un trabajo fijo… Sin embargo, nada de eso es eterno, no podemos conservar todo cuanto quisiéramos mantener: las parejas se rompen, los seres queridos fallecen, uno cambia, las circunstancias varían… Y sufrimos. Sufrimos porque nos apegamos a esas personas y situaciones, que no poseemos ni están garantizadas.

Una y otra vez la vida, estabilidad inestable, nos lo evidencia: todo cambia. Al darnos de bruces con este hecho nos damos un porrazo, pasamos el duelo, conseguimos sobreponernos a la transición y al cambio, pero, de nuevo, volvemos a aferrarnos a otra cosa. Y, una vez más, porrazo. Este afán de seguridad es, a fin de cuentas, lo que nos hace sufrir. La vida muestra constantemente que no es posible encontrar ese tipo de seguridad que andamos buscando.

Es crucial por tanto disfrutar de lo que la vida va ofreciendo y estar atento para no apegarse a ninguna cosa precisa. Es ahí, al tomar tal disposición, cuando se consigue disfrutar verdaderamente de la vida. Porque la vida es, precisamente, esa gama de colores en continuo oleaje y movimiento. Por tanto, lo único que tiene sentido es ir y moverse con ella, no pretender quedarse parado en un punto fijo.

Hoy en día, la situación en la que nuestra generación se ve inmersa vuelve muy evidente que dicha pretensión de seguridad está abocada a la frustración. Todo cambia a un ritmo vertiginoso: hoy hay trabajo, mañana ya no lo hay, las personas giran por el mundo como el viento, la información va y viene de forma rapidísima… Solemos quejarnos por ello. Pero podemos aprovechar esta circunstancia a nuestro favor, tomándola como oportunidad para practicar el desapego.

“Todo es impermanente” (savam aniccam), advierte incansable el budismo, mientras nos invita a aliarnos con la inestabilidad inherente a la existencia. En efecto, solemos percibirla como una amenaza contra la que hay que luchar. Pero ni es una amenaza ni es posible vencerla. La transitoriedad no supone un peligro porque nosotros mismos somos cambio constante: es nuestra misma naturaleza, así como la del mundo. Y esa transformación incesante puede, si nos situamos a su favor, ser puerta de libertad, crecimiento y enorme poder.

¿Y si, durante unos días, hacemos el experimento de proponernos conscientemente no aferrarnos a nada? Comprobaremos que, mientras tratar de aferrar nos hace esclavos de aquello a lo que nos atamos, soltar nos libera.

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