El genuino saber filosófico

El verdadero conocimiento filosófico no es un conocimiento teórico: es un saber incorporado, cuya memoria no se traduce en el almacenamiento de datos ahí disponibles, sino cuya memoria es activa y se traduce en acción. No hay genuino saber filosófico sin teoría y práctica integrados el uno en el otro, pues no se posee, como se posee una información, sino que se es. Está integrado en la propia experiencia de modo que, espontáneamente, uno está actualizando dicho saber. Uno no sabe escribir porque conozca los pasos a seguir, los movimientos necesarios para ello y pueda explicarlos a través del lenguaje. Uno sabe escribir porque, efectivamente, escribe: tiene el conocimiento integrado de modo que toma la pluma y se pone a trazar letras con sentido. Saber escribir es, sencillamente, escribir.

De igual modo, el auténtico saber filosófico consiste en vivir dicho conocimiento y reflejarlo en los propios pensamientos, emociones y actos cotidianos. Esta comprensión experiencial no se hace solamente con la cabeza, con la razón discursiva, se hace también de forma sentida, se hace desde todos los niveles de comprensión que uno tiene. Sabemos por experiencia que el conocimiento teórico no hace por sí solo la acción coherente: se puede saber (superficialmente) que algo es nocivo para uno mismo y aun así hacerlo. En este saber genuino, sin embargo, todo uno comprende, no sólo la dimensión intelectual. Por eso no hay aquí escisión posible entre lo que sé de forma teórica y lo que hago. Este saber unifica, es completo y genera coherencia y armonía en la propia vida.

Este es el saber del que la Práctica filosófica se ocupa: un saber que se integra con tal profundidad que no puede olvidarse, porque la memoria que lo recuerda no es el almacén que recupera datos sino que es uno mismo, siendo. Así, por ejemplo, saber distinguir de forma experiencial entre un dolor evitable y un sufrimiento inevitable, comprender esta diferencia acarrea de forma natural que uno se relacione bien con el primero, que se alíe con lo inevitable y abandone la lucha contra él, y que se desprenda del segundo, cayendo en la cuenta de que son las propias disposiciones lo que lo genera y mantiene.

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